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Lugares insólitos de Barcelona, El Studio 54.



Logotipo de Studio 54 Barcelona


Fachada Studio 54 Barcelona





Antecedentes, Studio 54 New York.

Logotipo Studio 54 Nueva York


locura de gente agolpándose en la calle 54 de Nueva York para entrar a la discoteca.



¿Se podría uno imaginar, que pudiese existir, un lugar en el mundo donde: Andy Warhol, Truman Capote, Nick Jagger y su mujer Bianca, Liza Minelli, Michael Jackson, Diana Ross, Jacqueline Kennedy, Onassis, Farrah Fawcett etc. se dejaran ver continuamente en las noches más salvajes de la ciudad de los rascacielos? ¡Pues sí! ¡Este lugar existía! Y estaba localizado en la calle 54 del barrio de Manhattan, en Nueva York. El mítico Studio 54, un santuario planetario de la diversión inaugurado en 1977.







El empresario Mike Hewitt fue el dueño del más popular y famoso club nocturno de las noches de la ciudad que nunca duerme. El local rápidamente fue frecuentado por las celebridades de alto perfil de la sociedad neoyorkina, haciéndolo suyo. Para su realización, se adaptó un viejo teatro que había estado en desuso desde que cerró sus puestas en los años 50 y que no recuperó su esplendor hasta que la idea de reconvertirlo en un club de ocio nocturno se hizo realidad.



Antiguo teatro de Nueva York antes de pasar a ser Studio 54


Desde el momento que abrió sus puertas, el mítico Studio 54 tuvo un papel vital en el crecimiento de la música disco y la cultura de los clubs, siendo el primero en borrar la distinción entre la vida nocturna homosexual y heterosexual, resultando una mezcla explosiva entre las mentes más creativas y las personas más divertidas de la ciudad. Rápidamente se convirtió en un faro de la vida nocturna de la gran manzana y por ende del resto del planeta. Citando al escritor Bob Colacello este comentó: “el Studio 54 fue un fenómeno sociológico y un acontecimiento histórico”.


Desde su apertura el 26 de abril de 1977, hasta su sonada última fiesta el 4 de febrero de 1980, el célebre Studio 54 de Nueva York reflejó mejor que nadie durante 33 meses el frenesí y los desmanes de la era disco. Prueba de ello es que décadas después de su clausura todavía circulan infinidad de hiperbólicas leyendas acerca de lo que sucedía en el interior del local. Pero mitos aparte, lo que sí se sabe es que acceder a aquella exclusiva discoteca no era precisamente una tarea fácil. Al menos, si no se eras una celebridad planetaria del momento. En caso de no serlo, se dependía tanto de la suerte como de la clemencia de Marc Benecke, su insobornable portero, o Steve Rubell, el copropietario del local. Se vendían los planos de las azoteas y las escaleras de incendio de las casas colindantes para poder colarse por el patio trasero, tal era la locura por entrar. Y es que la gente estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por bailar en la mítica pista del club y quizás compartir sudor con la mítica Disco Sally, uno de los personajes más extravagantes del local. La historia de esta señora es toda una declaración de intenciones para entender qué estaba sucediendo en ese momento y cómo el hedonismo de esta discoteca hacia enloquecer a todo el que se acercaba a ella. Disco Sally era una señora de 77 años, de pequeña estatura que había sido una brillante abogada, su auténtico nombre era Sally Lippman. La historia cuenta que estando de luto por la muerte de su esposo se topó con la disco y su vida cambió para siempre. “una cosa vivaz de setenta y tantos años que bailaba como una treintañera, y estaba acompañada por un apuesto joven llamado John (su novio) en su brazo”, escribió Mark Fleischman en Inside Studio 54. “Ella era una abogada judía retirada que se convirtió en juez y de repente enloqueció debido a la combinación de cocaína y el efecto Studio 54. Bailaba sin parar, desde la medianoche hasta las 5:00 a.m. muchas noches a la semana, tomando solo descansos para ir al baño y consumir cocaína”.



Disco Sally


Vestida con pantalones ajustados y zapatillas altas, se convirtió en “Disco Sally”, atrayendo a una audiencia de admiradores que adoraban verla bailar en la pista. Se caracterizaba por vestir con unas gafas de mariposa y según el fotógrafo Hasse Persson “era como la mascota” del lugar, y alrededor de ella hay una leyenda. “Antes de desplomarse le preguntaron ‘¿apagamos la música?” y ella contestó: “no, sigan bailando”. Ese era el espíritu de Studio 54. Aunque su leyenda dice que falleció en la pista de baile, Disco Sally murió en 1982 en el hospital de Monte Sinaí. “Voy a bailar hasta el día que me muera. No bailé durante 50 años porque a mi marido no le gustaba. Jugábamos al bridge y al bádminton, pero nunca bailábamos”, le contó “Disco Sally” al presentador Bill Boggs en una entrevista.


El idilio entre Sally y Studio 54 comenzó una noche de septiembre de 1977. En realidad, como ella misma narró a Boggs, se animó a ir (no sin antes taparse los oídos con algodón) junto a un amigo gay de 25 años, que días antes le había dicho: “Tienes que verlo”. Según su testimonio, tras aguardar durante tres horas en la cola, sin éxito, de repente emergió de entre la multitud Sylvester Stallone escoltado por dos hombres. Uno de ellos era Rubell, el copropietario de la discoteca, al toparse con aquella septuagenaria vestida con pantalones ajustados, zapatillas de deporte de caña alta y gafas de sol, enseguida se quedó prendado de su aura. No solo la invitó a pasar, sino que le dio su palabra de que siempre que quisiera tendría las puertas abiertas como si fuera una VIP más. Esto último se lo tomó al pie de la letra. “Tengo que venir todas las noches. Es como una droga”, afirmó a las páginas de The Washington Post en 1978. Como era de esperar, de inmediato se convirtió en una de las mayores sensaciones de la noche neoyorquina. Estrellas de la talla de Bill Murray o Dustin Hoffman literalmente hacían cola para bailar con ella. Y, asimismo, solía estar rodeada de un séquito de admiradores que se asombraban de su contagiosa vitalidad. La mayoría de ellos eran homosexuales. Como apostilló en el diario estadounidense: “Hay algo en la gente gay… son todos un poco irresponsables. Eso me gusta, los heterosexuales me parecen muy aburridos”. De todos modos, Disco Sally no se limitó solo a bailar hasta altas horas de la madrugada. Incluso, tuvo tiempo de enamorarse de un enigmático joven de 25 años llamado John Touzos, al que definía como “mi Dios griego”. Tal como puede leerse en el citado artículo de The Washington Post, Touzos era un “playboy trabajador” que dirigía una boutique de moda y un par de días a la semana ejercía de maître. “Algún día me casaré con él. Su padre ya lo ha desheredado y una de sus hermanas no quiere ni verle. Pero a él no le importa, dice que se divierte más conmigo”, expresó Sally en una entrevista televisada en 1978. Pese a la oposición de ambas familias, y dado que Studio 54 llevaba cuatro meses cerrado, terminaron contrayendo matrimonio en junio de 1980 en el club Magique. En 1982 Disco Sally falleció y por expresa petición suya en su funeral no sonó ninguna de aquellas canciones que tanto disfrutó.

Ella bien puede servir como ejemplo de la cantidad de personajes increíbles que inundaron la pista de baile del club más famoso del planeta.

Link entrevista a Disco Sally:



Imágernes de la pista de baile y cabina del Dj en Studio 54 Nueva York



Studio 54, Barcelona.

Cuando el Studio 54 de Nueva York cerró, el empresario norteamericano y dueño de la discoteca Mike Hewitt le propuso al empresario español Matías Coslada el ambicioso proyecto de realizar la misma operación que había llevado a cabo en Nueva York en Barcelona. Para ello se buscó repetir la misma fórmula que tan bien había funcionado en la ciudad de los rascacielos: Buscar un antiguo teatro en el cual poder replicar la idea de Nueva York. Se encontró un lugar inmejorable donde poder desarrollar el proyecto. El local, había sido primero el Café Español, para después convertirse en el Teatro Español, una sala emblemática y mítica en el Paralelo canalla de principios de siglo XX, pero que tuvo que cerrar sus puertas en 1980. El lugar no podía ser más perfecto, la réplica barcelonesa se ubicaría en el teatro más antiguo del Paralelo, en el número 64 de la avenida, frente al Teatro Apolo y junto al Teatro Arnau. Era una época en que la ciudad empezaba a despertar de su letargo franquista. Barcelona ardía en deseos de compararse y parecerse a las “hermanas mayores” (Nueva York, Londres, París...) en una época en que Barcelona jugó a ser Nueva York y se apostó fuerte por posicionar la ciudad en el mundo.


Antiguo Teatro Español, en la Av. del Paralelo, Barcelona.


El 10 de octubre de 1980 fue un momento de iniciación colectiva, momento en que la ciudad manifestó su deseo de mirar hacia otra parte a la hora de divertirse, de apuntarse a la trasgresión y sentirse más neoyorkina que payesa. Porque en aquel nº 64 de la calle Paralelo de Barcelona tomaba el relevo de la mítica Studio 54 de Nueva York, un concepto de ocio en una macro discoteca, con un ambiente totalmente moderno, diferente a todo lo conocido hasta ese momento por estos lares. Era el momento propicio para mirar a lo que se quería ser y desprenderse de lo que no se quería ser.

Importando el espíritu de local de Manhattan, se conservó la estructura del teatro y los pisos de palcos alrededor del escenario. Se invirtieron 50 millones de pesetas de las de 1980 en dotar al local de la mejor sonorización, con equipos de luz y sonido reproduciendo las legendarias columnas de luz que bajaban desde el techo, con una alarma de luz como sucedía en Nueva York.


Foto de la las columnas de luz que bajaban desde el techo.



Cuando se inauguró yo no tenía la edad permitida para acceder a dicho templo, pero estaba enterado de todo por las revistas, donde se publicaban fotos de la gente guapa que iba a bailar. Yo atesoraba estas imágenes impresas como el que se sabe poseedor de un tesoro incalculable. Me pasaba horas mirando y escudriñando las fotos. Soñándome a mi allí, en aquel mundo onírico perfecto.


Revistas e imágenes de aquella época, auténticas joyas.


Por aquella época cursaba 8º de EGB y detestaba a una profesora que impartía las asignaturas de lenguaje y de inglés. La llamábamos “Yaya” porque pensábamos que era “muy vieja”. Ella era una persona muy seca y arisca, con el típico peinado “bob” de un rubio (teñido imagino) inalterable. Un día no sé qué me atreví a decirle, en algún debate imagino, algo parecido a “qué sabría ella si era muy mayor” creyéndome yo el más moderno del colegio y me soltó “¡yo mayor! si he bailado en Studio 54”. No me vi la cara, pero me la imagino, me quedé estupefacto cuanto me enteré que ella había ido a Studio 54. Mi percepción cambió por completo hacia ella y cuando me enteré que también había estado en Nueva York, pasé a mitificarla. Ya nunca más oyó reproche de mí, hasta cambió mi rendimiento escolar en sus clases a positivo.


Uno de los puntos de inflexión de mi vida, se produjo en mi primer año de instituto, hecho que cambió mi manera de estar en la vida. Hasta ese momento todo se había ceñido en un pequeño círculo de amigos y conocidos del colegio, donde solamente se cursaba hasta 8º de EGB. Por tanto, nadie era mayor de 14 años, y es su mayoría todos eran o igual de edad que tu o mucho menores. Para colmo mi colegio estaba segregado entre chicos y chicas, donde incluso hacíamos el patio en horarios diferentes para no coincidir, por tanto, el pequeño microcosmos donde me movía era para mí todo mi horizonte vivencial.


El verano pre-instituto cerró una etapa y un ecosistema en la que yo había aprendido a convivir con cierta solvencia, pero abrió otra etapa desconocida, hacia un mundo adolescente que aunque yo quería atesorar a manos llenas me generaba muchas incertidumbres ante una nueva exposición a lo desconocido, donde yo ya no sería el “mayor” sino que pasabas a ser de nuevo el “menor” pero ya en un ecosistema nuevo donde los/las compañeras ya no eran acompañados a clase por sus abuelos, ni comían bocadillos de pan y chocolate en el recreo, ni vestían pantalones de pana o jerséis tejidos a punto por sus madres. La vida ya no iba de eso, sino que mis nuevos compañeros iban a los bares o se gastaban el dinero en tabaco, donde la palabra “campana” hizo acto de presencia en ese nuevo lenguaje codificado. la gente se movía de aula en aula buscando los profesores, yo estaba acostumbrado a estar siempre en la misma aula, un pequeño territorio conocido, y ahora éramos nosotros los que íbamos de una clase a otra. Todo absolutamente era diferente. Pasado el primer momento de vértigo, me sentí inmensamente feliz, porque era allí donde siempre querría haber vivido. En aquellos años de instituto donde todo estaba por hacer y descubrir. Descubrí las diferentes tribus urbanas, los pelos diferentes. Los problemas ya no eran decidir si íbamos al fútbol el fin de semana o íbamos al parque de atracciones. Los problemas aquí eran a qué discoteca vas y qué me pongo. La vida nos arrasaba a palas llenas.

Era el momento de definir la identidad, de jugar a qué querías ser o mejor a quién te querías parecer, donde la música formaba el eje por el cual se fundamentaba tu estilo de vida.


La Barcelona pre-diseño estaba aún por diseñar. Los bares estaban llenos de tapas de gambas y palillos y servilletas de papel grasientas esparcidas por el suelo de la manera más natural. Y en ese horizonte fascinante algo resaltaba por encima de todo, la fachada de neón en forma de rayo encendiéndose del Studio 54. Como una luz telúrica a la que tenías que seguir. Un símbolo oculto codificado que te atraía hacia él, como aquella música de la película de “Encuentros en la tercera fase” atraía a los personajes de la película a la montaña.


En cuanto tuve 16 años me planté allí, a la sesión del domingo tarde. Corría el año 1984 o así y yo ya estaba en el mundo de las tribus urbanas buscando una identidad de adolescente de instituto. En aquellos años todos formábamos parte de alguna tribu urbana. Forrábamos nuestras carpetas escolares o vestíamos acorde a nuestra tribu social. Éramos adolescentes buscando nuestra identidad en una Barcelona que también andaba buscando la suya, cuando el sueño pre-olímpico todavía se atisbaba muy lejano.


Recuerdo bajar en la Parada de metro del Paralelo, línea verde, la mía, pero alejado de mi zona de confort del barrio de las Corts. Aproximarte al Studio 54 ya era un acto iniciático en sí mismo. Por las calles adyacentes se movían “Newages”, vestidos de negro, con los pelos cardados, hombreras imposibles…mezclados entre los habitantes más canallas de una ciudad que hacían de aquella parte final del Paralelo un lugar difícil, poco recomendable adentrarte en unas estrechas calles llenas de prostitución y desheredados de la ciudad.

El “me lo pongo todo encima” era no solo aceptado sino altamente recomendable… desde una espiral metálica de una libreta a modo de pendiente enroscado en una oreja. Todo valía. Ser diferente puntuaba …y mucho. En una ciudad que estaba aceptando el nuevo orden social de que las cosas estaban cambiando, en una sociedad en plena transición, pero que todavía estaba muy sumida en los años de represalia y oscurantismo. Pero nosotros éramos adolescentes de la nueva democracia. Dejarte entrar por lo estrafalario que ibas era esencial, en una juventud que había dejado la zona confortable de las discotecas de la Diagonal para mezclarse con el petardeo (de plataformas, de lentejuelas, de crestas con estilismos imposibles de Marilyns con voz de camionero) que daban color a la sala y que por supuesto no tenían que hacer cola en la entrada.



El Mítico Vicente, camarero más emblemático del Studio 54


La discoteca no era bonita, eso sería quedarse corto, era súper bonita. Lo tenía todo, aunque reconozco que yo siempre he sido (estilísticamente hablando) de las discotecas abiertas como el insuperable KU de Ibiza o el mismo Pacha también en Ibiza. Pero en discotecas urbanas, el Studio 54 era algo nunca visto, de hecho, fue la primera macrodicoteca de la ciudad, y por su puesto la primera que yo pisé y sudé en su pista de baile. Todo se organizaba a través de una gran pista de baile donde había estado antiguamente el gran patio de butacas. En el centro, una gran lámpara donde colgaban los globos, una de las atracciones más icónicas de la discoteca. Me acuerdo de estar en los pisos de arriba, los palcos del antiguo teatro, y escuchar la canción “Machinery” del grupo Propaganda y bajar corriendo las escaleras de la mano de alguna amiga, generalmente de mi gran amiga y cómplice Nuria, para estar justo debajo de la lámpara en el momento que, ante uno de los BUM de la canción, se soltaban las cintas de la gran lámpara y cientos de globos caían sobre nuestras cabezas. En un éxtasis catártico colectivo mientras todos nos sentíamos hijos de la máquina. Danzando como si el futuro fuese el segundo siguiente. Hedonismo puro y duro, diversión por diversión.


Bolsa de cintas que contenía cientos de globos, preparados para en un momento caer sobre la pista.

Momento cumbre de la lluvia de globos sobre la pista, al abrirse la gran piñata.



Los palcos actuaban a modo de pisos y era muy divertido ir al lavabo en el primer piso donde estaban los lavabos masculinos. Allí podías mear de pie, mirando a través de un cristal a la pista de baile y ver a los cuerpos retorciéndose al ritmo de la música, como si no existiera un mañana, por que definitivamente no existía. El 3º piso, era una zona de palcos oscuros donde muchas parejas tuvieron sus primeros encuentros sexuales.

Pero si por algo es reconocido a día de hoy Studio 54, es el gran legado que nos ha dejado, por haber pinchado música y traído por primera vez a la ciudad, conciertos de grupos desconocidos en aquel panorama musical de la ciudad. Eran lanzados y compartidos con todos los presentes a modo que un profeta habla a sus devotos en aquel marco que contribuía a mitificarlos desde ese mismo momento. Studio trajo a la ciudad la música más novedosa y potente que se estaba haciendo en el mundo. Ninguna discoteca más de la ciudad pinchaba esa calidad musical.



Pero nada es eterno, y como su predecesora neoyorkina, Studio 54 Barcelona también vivió lo mejor y lo peor, terminado por morir de éxito. La gente interesante dejó de ir pasados los primeros años, cansada de que la gente atraída por el éxito fuese a verlos como elementos estrafalarios de un circo. Y los nuevos que iban ya no aportaban nada. Acabó desangrándose en una lenta agonía que terminó definitivamente en 1994.

Es muy curioso como la discoteca quedó grabada a fuego para muchas personas. Esto genera que a día de hoy se siguen organizando fiestas “remember” donde la catarsis de lanzar los globos sobre la pista inundada de sudorosos bailarines, se sigue repitiendo.

Y es como una vez dijo un poeta “solo se ve el mundo una vez, en la infancia, el resto de la vida, es recuerdo”.

O como se podía leer en uno de los muros de la abandonada discoteca Pacha de Sitges: “La vida no es la fiesta que habíamos imaginado, pero ya que estamos aquí, bailemos”.









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