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  • carpegom

Cuando divertirse era una obligación

Actualizado: 18 nov 2021

Aún recuerdo como si fuese ayer, el momento en el que el barco de la compañía Transmediterránea partió del puerto de Barcelona dejando atrás una ciudad todavía industrial y gris. Así era como se mostraba a mis ojos la Barcelona de mitad de los años 80. El destino que me esperaba era la tierra prometida para todos los trasgresores, cuando esto era un valor que puntuaba. El lugar que era “el paraíso” en la tierra.

Todavía sigo recordando como si hubiese sido esta misma mañana, cuando los primeros rayos de luz del día unidos a la agitación de la gente, nos hizo subir apresurados a la cubierta del barco al ver la silueta de la isla recortándose frente a nosotros. El olor a mar se mezclaba con el del combustible del barco, haciéndote marear al instante, pero la excitación era tanta que todo lo podía. No pude sino sentirme sobrecogido ante los que mis ojos estaban descubriendo; acantilados rocosos se mezclaban con algunos pequeños pueblos blancos que se adivinaban en horizonte. Descubriendo y atesorando en la memoria cada imagen que se iba sucediendo como una película de fotogramas se fijaba en mi memoria, cuando el barco ya se ponía en paralelo a la isla, en busca del puerto de Ibiza. Descubría ante mis ojos el lugar que había estado atesorando en mis sueños durante tantas noches en desvelo. Ese lugar donde sabes que nada malo podía ocurrir, ni siquiera era posible la más mínima concepción de ello, la tierra soñada. Ese país de Nunca Jamás que todo Peter Pan tiene concebido en su mente. El lugar de la tierra donde yo quería pertenecer.

Ibiza era para mí, un lugar de calles blancas que se enfilaban hacia la Dalt Villa. Con sus casas típicas ibicencas encaladas recortándose contra el azul del cielo y del mar mediterráneo. Pero por encima de todo Ibiza era aire de libertad. Sus gentes, sus ropas, sus excesos…sus fiestas, solo por estar allí percibías la diferencia en todo. Era divertido, extremadamente divertido, entrando en conexión con el que siempre había querido ser. Viniendo de una Barcelona que empezaba a asomar aires de cambio, pero que todavía era más un proyecto que una realidad. La idea de la reurbanización preolímpica y el nuevo aire moderno que tenía que venirle a la ciudad se dejaban intuir en el horizonte, que empezaba a desperezarse, pero que todavía estaba sumida en un estado letárgico.

Si Ibiza era el país de nunca jamás, su epicentro eran sin duda sus fiestas en las gigantescas discotecas y el KU de Ibiza sobresalía del resto. Localizada en mitad de la isla, requería que te desplazaras expresamente a esa parte de la isla, pero todas las noches era un peregrinaje de miles de personas. Solo con acercarte a esta discoteca era para mí un rito iniciático, un lugar telúrico en el planeta, donde toda la energía se concentraba. La discoteca era alucinante. Media montaña convertida en discoteca, toda al aire libre excepto una zona cubierta con unas estructuras que tensaban grandes telas blancas. Vegetación por todos los lados, una piscina gigante en medio de todo con un tobogán con una cara de dragón servía para sosegar el calor en noches de verano interminables que se fundían con los primeros rayos de luz del alba. Mientras, la música no paraba, hasta que hubiese cuerpos bailando hasta caer rendidos. Era de nuevo otra obligación, la obligación de exprimir la vida en cada suspiro. Rodeado de gente guapa con ropas increíbles, parecían todos salir de un sueño de una noche de verano sin fin, donde las noches se disfrutaban al aire libre. No había clase social una vez estabas allí, traspasar su puerta era tener derecho a sentirte parte de los reyes del mundo, bajo las lonas, que recordaban a un oasis de paraíso, en una isla mágica. Hippies, travestis, intelectuales, nobleza europea, lacayos y plebeyos todos juntos danzando y viviendo como si el mañana nunca hubiera que llegar. Un ejercicio de hedonismo sin límites donde si había un límite era el que tu cuerpo marcaba, bebiéndonos la vida a grandes tragos y con la única obligación común a todos: atesorar la vida en tus manos. La gente más interesante y creativa del momento estaban allí. Un epicentro de vanguardia de toda Europa, de todo el mundo. Todo eran tendencias, porque cada persona representaba una, todos los éramos. El límite lo marcaba tu creatividad, que era el objetico común de todos. Ser diferente y original puntuaba, y mucho.


Lo que hacía única a Ibiza en ese momento eran sus valores fundamentales: hospitalidad, tolerancia, generosidad y universalidad de la gente. La isla era un lugar multicultural, que acogía sin barreras ni prejuicios; todos éramos importantes, nadie era más que otro: Muchos fuimos los que contribuyeron a hacer de Ibiza un lugar único en el mundo.


Ibiza era muchas cosas, pero para mí sobresalían; la luz del mediterráneo, las gentes tranquilas, las largas tardes que se fundían con las noches, para volver a convertirse en una rueda donde la vida no pasaba, sino que se mostraba para saborearla y quedártela para siempre.


Las calles se llenaban de posters cada día anunciando las fiestas que se celebrarían por las noches. Los carteles son unas auténticas joyas del diseño gráfico publicitario. Todas las discotecas competían por mostrar sus fortalezas para esa noche. Bailarines, carrozas, un hombre con zancos (recuerdo que se llamaba Javier) acompañado de una persona disfrazada de dragón como si el tobogán de la piscina del KU hubiese cobrado vida y hubiese salido a las calles a bailar. Bailarines con abanicos en los balcones de las casas (que después formarían un grupo musical) eran los animadores de una Ibiza en continua fiesta. Malabaristas, busca vidas… cada noche una marabunta de gente inundaba las calles buscando a qué fiesta apuntarse. Todos éramos felices por estar allí, éramos People from Ibiza. Pelos largos, cuerpos morenos, sombreros, ropas blancas, disfraces, fiestas temáticas, todo era posible, porque solo con poder imaginarlo te obligaba a convertirlo en realidad. Las calles eran un continuo carnaval donde vivir era una obligación y no hacerlo era hasta un pecado.



KU fue reconocida con el récord Guinness como la discoteca más grande del mundo con un aforo superior a las 10.000 personas.

A día de hoy la isla es una mala caricatura de lo que fue. Toda la gente desapareció huyendo de lo que nunca habían querido ser, vulgares. El plástico revestido de oropel lo inunda todo. Las personas siempre son reflejo de la sociedad que les ha tocado vivir, y si en los 80 todo se podía soñar con una imagen naif del mundo, parece que ahora la cultura de los 30 segundos que el filósofo Ignatieff anticipó lo ha inundado todo. Los nuevos símbolos de una sociedad decadente son ahora gente tan extraña como: futbolistas horteras, influencers, (madre mía si son nuestros líderes de tendencias ¡andamos apañados!), o famosos de medio pelo y así nos luce el pelo … La mediocridad es latente y patente en todos ellos. Sólo parece que el dinero y sus marcas en la ropa más grande que las propias ropas hacen de ellos algo diferente, por favor, que miedo. Para colmo Dj horteras han monopolizado las “fiestas” actuales, en hoteles horteras con precios obscenos… La filosofía de vivir se ha desvanecido dejando paso a la filosofía de aparentar que vives. Ibiza es ahora lo que nunca quiso ser, convirtiéndose irremediablemente en el país que Peter Pan ya nunca quiso volver. ¿Qué queda de aquella Ibiza? Pues nada. Apenas unas fotos analógicas ya descoloridas en una página nostálgica de Facebook “KU Ibiza Best Years”, con más de 27.000 seguidores, donde todavía pueden revivirse aquellos maravillosos momentos …donde divertirse era una obligación.


https://www.youtube.com/watch?v=iClWT6zQT58&list=RDMM&index=4





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